Crónica del concierto de JAMES LEG en BADALONA / Ruta 66 Magazine


James Leg – Estraperlo (Badalona)


Se dice que la música, por sí sola, no posee carácter sacramental; ni en domingo —día de celebración del show— ni en cualquier otro momento. Es una liturgia que, por mucho que envuelva y conmueva, no confiere perdón alguno.

Y, desde luego, no creo que ninguno de los asistentes al concierto del artista procedente de la tierra de Janis Joplin buscara arrepentimiento. Más bien al contrario: su intención parecía ser estirar el día del Señor hasta el infinito y rebelarse precisamente contra él.

El origen de James Leg está en Port Arthur (Texas), una ciudad conservadora, industrial y profundamente arraigada a lo tradicional. Ese mismo poso se refleja en el blues grasiento que escupe su piano Fender Rhodes, reforzado por una percusión mínima y cruda, y que la escupió en modo casi de hombre orquesta, enfundado en una chaqueta “preacher coat” y de marcada raya en el pantalón. Como si llamará a tu puerta para ofrecerte sanación infinita.

Impulso sería una buena manera de definir el inicio del show. Encadenó de forma dinámica los primeros temas y, sobre todo, maltrató tanto su herramienta de trabajo como los nueve pedales con sus cowboots, responsables de escupir una suerte de fuzz filtrado por un cimbreo que caló rápido y con la contundencia del otro protagonista de la noche: el sonido de batería. Aunque es cierto que Leg mostró cierta incomodidad en algunos momentos sobre su instrumento, fue al adentrarse en la excelente adaptación de “A Forest”, de The Cure, cuando ese lado oscuro terminó por pasar factura a su teclado.

Fue entonces cuando asistimos a un auténtico tutorial de cómo desmontar y reparar la tecla de un piano. Aunque para el oído de cada uno de los asistentes todo parecía en orden, Leg detectó de inmediato la ausencia de una nota en su mapa mental y sonoro. Nos invitó a acercarnos a la barra a tomar algo mientras aplicaba incluso una soldadura a la tecla rebelde. Un cuarto de hora después, todo volvió a la normalidad, pero con todos los presentes con los conocimientos básicos para optar a un puesto de reparador de pianos.

Lejos de desubicarse, la pausa forzada sirvió para avivar la intensidad adquirida. Recordó su etapa anterior con Black Diamond Heavies, recuperó referencias de “Blood on the Keys” —título que sintetiza a la perfección su propuesta— y tomó algo de respiro, disfrazado de blues gótico. Ese aire permitió encarar la recta final en modo The Killer vs. Tom Waits, mudando la piel en un medley de los Stones y The Stooges, hasta llegar a un último sorbo de soul sangriento. Todo bien y en su sitio en el mundo personal de John Wesley Myers.
 
Texto: Oscar Fernández Sánchez
Fotos: Álvar Luis Gabaldà

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